Dicen que las decisiones se toman de forman racional. Y esa es una idea que se suele defender con vehemencia.
Estamos bastante seguros de que hacemos preferentes las opciones que existe y que de esas preferencias optamos libre y voluntariamente por la que queremos.
Seguiríamos un esquema como el siguientes:
Y todo ello aderezado de que las opciones están informadas de forma veraz, clara, suficiente y relevantes para que sean unas opciones válidas, y no manipuladas.
Asimismo, nuestras preferencias se sostienen sólo sobre nuestras nuestras creencias y nuestros valores, que no están influenciados o están mínimamente influenciados por elementos externos y sostenemos que no nos vemos influenciados
Aunque la auténtica conclusión, es que tenemos complejizada un poco esta racionalidad con los multitud de elementos, que conforman un sistema cuyos elementos interactúan entre sí “como si” el propio conjunto fuese racional.
Nuestro punto de partida para una toma de decisión racional parte de la información que recibamos.
Depende de cómo nos la den, si es veraz, clara y relevante, si las entendemos, de cómo nos afectan emocionalmente o de la implicación y la honestidad de quiénes nos la cuentan.
Y para comprender y absorber la información estamos en manos del contexto perceptivo que tengamos en ese momento.
Según sea la proximidad temporal de sus contenidos, tendremos más o menos miopía de futuro o las veremos como ventanas de oportunidades.
Según como las configuren la percibiremos más asequible o no y según el marketing adoptado de cómo nos la vendan nos parecerá más atractiva o no.
Que la racionalidad se ve afectada por sesgos y falacias, por nuestra propia miopía del futuro y por las
normas y creencias limitantes que definen nuestras capacidades según ajenos criterios de maduración, de
experiencia y de aprendizaje.
Que nuestros mecanismos lógicos se afectan de nuestras inercias de comportamientos y del equilibrio de nuestros impulsos y de nuestra racionalidad.
Que nuestras creencias y valores bailan al son de unas redes sociales donde nos movemos y dentro de unos marcos donde otros nos imponen sus criterios o nosotros mismo nos imponemos los criterios de nuestro entorno convirtiendo nuestras preferencias teóricas en metapreferencias reales.
Al final, aparece un sistema mayor de nuevos elementos que escapan a nuestra racionalidad e influyen en nuestra toma de decisiones. Y el conocimiento de este nuevo sistema mayor y de cómo interactúan sus elementos podría hacer que predigamos cuáles van a ser nuestras tomas de decisiones “irracionales”, es decir, decisiones enmarcadas en nuestros impulsos y emociones.
Como conclusión podemos destacar que nuestras decisiones irracionales:
Siguen un sistema y son predecibles.
Suponen un gasto económico, creando campos como la “Economía Conductista” o la “Neuroeconomía” para evaluar su impacto.
Producen la aparición de las llamadas “Políticas Tutelares Asimétricas” donde los gobernantes dictan normativas para protegernos de estas decisiones irracionales (por ejemplo: la ley antitabaco, las normas de seguridad vial o la prohibición de venta de comidas basuras dentro de los colegios).
Los objetivos de introducir este tema, además de conocerlo e identificarlo en nuestras tomas de decisiones, son:
Redirigir las preferencias hacía decisiones más correctas, adecuadas y positivas.
Hacer las decisiones positivas, las decisiones más fáciles



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